La Descomposición Moral: Una Estrategia Central, No un Daño Colateral
Fernando Buen Abad Domínguez, en su profundo análisis que conecta el concepto del “estiércol del diablo” con el notorio affaire Epstein, nos confronta con una verdad incómoda: la degradación de la moral de los pueblos no es un mero “daño colateral” de los sistemas actuales. Por el contrario, esta putrefacción moral se revela como una estrategia central y deliberada, diseñada con propósitos muy específicos.
Un pueblo cuya moral ha sido sistemáticamente descompuesta se convierte, por definición, en una entidad más gobernable y, consecuentemente, más manipulable. La capacidad de sus individuos para exigir sus derechos o para cuestionar el status quo disminuye drásticamente. En este escenario de desmoralización, la dignidad, que debería ser una expectativa razonable y un pilar fundamental de la existencia humana, deja de serlo. En su lugar, cualquier pequeña concesión o “migaja” que se les ofrezca es percibida y aceptada con gratitud, como si fuera un favor, en lugar de un derecho inalienable.
El Reemplazo de la Ética por la Indignación Selectiva y el Morbo
Este proceso de descomposición moral tiene implicaciones profundas en la estructura ética y analítica de la sociedad. La indignación, en lugar de ser una fuerza impulsora para el cambio estructural basada en principios éticos sólidos, se transforma en una reacción selectiva y a menudo superficial. La ética estructural, que debería proporcionar un marco coherente para el juicio y la acción colectiva, es sistemáticamente reemplazada por esta indignación fragmentada. De manera paralela, el análisis crítico y profundo de la realidad, esencial para la comprensión y resolución de problemas complejos, cede su lugar al morbo, a la fascinación por lo escandaloso y lo superficial, impidiendo una comprensión genuina de los desafíos que enfrenta la sociedad.
En este contexto, la guerra cognitiva emerge como una herramienta fundamental y altamente efectiva. El objetivo primordial de la guerra cognitiva no es la creación de sujetos intrínsecamente malvados o perversos, sino la producción masiva de sujetos desmoralizados. Estos individuos, privados de su brújula moral interna y de su capacidad de agencia, se vuelven incapaces de concebir o imaginar una vida común que no esté intrínsecamente marcada por la humillación y el abuso. La guerra cognitiva busca erosionar la base misma de la cohesión social y la resistencia, dejando a los pueblos vulnerables y sin la capacidad de forjar un futuro digno. Es crucial entender que esta estrategia de desmoralización es un pilar central de la guerra cognitiva, buscando un control total sobre la psique colectiva y la capacidad de los individuos para actuar con autonomía y dignidad. La comprensión de la guerra cognitiva es vital para resistir estos procesos de desmoralización.





